martes, 7 de diciembre de 2010

"Madre, tu meta está en Dios y tu premio en la eternidad"


MENSAJE DEL DIA DE LA MADRE DEL

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMA

Madre es una de esas palabras que expresan y marcan definitivamente el sentido de la existencia de una persona. Afirmar de alguien que es madre lo puede hacer la propia persona: “soy madre”; lo puede hacer el hijo: “es mi madre”; lo pueden formular otras personas: “es madre”. Pero “invocarla”: “¡Madre!”, solo lo puede hacer el hijo.

Por eso el mejor y primer regalo que podemos darles, es llamarlas “madre”, “madre mía”. Es el regalo de reconocerlas, valorarlas, glorificarlas, darles gracias, gozarnos de que sean nuestra madre.

Hoy quiero honrar a en mi madre, a todas las madres a esas mujeres sencillas y trabajadoras, sacrificadas, coherentemente religiosas y delicadas de conciencia que, como la buena fruta, según va madurando, al final de sus años se vuelven más tierna y dulce.

En este día quizá algunos llorarán a la madre que ya dejó la tierra hace algún tiempo. Otros visitarán a su madre anciana, ya abuelita venerable, y le darán un regalo, comerán juntos y recordarán pequeñas historias de la infancia. Otros simplemente podrán usar el teléfono, porque se encuentran lejos de casa, y mamá espera con ansiedad la llamada del hijo ausente.

Hija, hijo, esposo que estás al lado de tu madre, de tu esposa, de tu hermana, mira en ella ese regalo de Dios, de su feminidad, de su ternura, de sus consejos, de su amor, pero para decir: Gracias por estar a mi lado, porque sé que en esta vida no se acabará tu amor.

Recuerda querida mamá: “Tu meta no puede estar en el éxito de la respuesta de tus hijos. Tu meta está en Dios, y tu premio en la eternidad y en la gloria”.

También en un día de la madre podemos pensar en otras dos Madres. Una es la Virgen María, que, como le rezamos tantas veces, es nuestra Madre de los cielos. La otra es la Iglesia. Decir que la Iglesia es nuestra Madre implica sentirse hijos de Ella, sufrir cuando sufre, alegrarnos con sus alegrías. No resulta fácil, desde luego, “visitar a la Iglesia”, porque no tiene un domicilio fijo. Ni siquiera podemos pensar que la Iglesia viva encerrada en los templos o lugares de culto. La Iglesia, nuestra Madre, vive en cada uno. Todos los bautizados, cuando vivimos muy unidos, cuando participamos de la Misa los domingos, cuando acudimos a pedir misericordia en el sacramento de la confesión, cuando rezamos de corazón en la mañana o en la noche, cuando perdonamos a nuestros enemigos y ayudamos a todos... todos nosotros, con nuestros buenos y nuestros malos momentos, entretejemos esa misteriosa y grande realidad: la Iglesia.

Así que, en este día de la Madre, agradezcamos a la Iglesia que nos haya hecho nacer como creyentes, que nos haya dado la fe en Jesucristo, que nos haya ayudado a amar a la Virgen María. ¡Muchas felicidades!

Con mis bendiciones,


+José Domingo Ulloa Mendieta

Arzobispo de Panamá